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La Pavita de Tierra – Leyendas Panameñas – Sergio y Luisita

LA PAVITA DE TIERRA – LUISITA AGUILERA

Hace mucho tiempo atras vivia una muchacha que a pesar de su corta edad tenia el vicio de fumar, era tanta su adicción que tenia preocupados a sus padres. El padre de esta muchacha sin saber que hacer amenazó a su hija con golpearla si volvia a verla fumando, Pavita , que asi le llamaban, se asusto y no volvio a fumar por un tiempo.

Pero era tanta su ancia de tabaco que Paula, que en verdad era su nombre, empezó a recoger en el día todas las pavitas (lo que queda despues de fumar los tabacos, como colillas) y las ocultabas debajo de una piedra cerca del fogón y en las noches se las fumaba sin que su padre se diera cuenta. Paso algun tiempo hasta que su padre la sorprendió y fue tanta su indignación y coraje que sin pensarlo la agarró a garrotazos y la mató. Desde ese instante el espiritu de Paula comenzó a vagar por todos los montes, por todos los campos, por todos los potreros, asustando a los animales y a la gente. en la noche que recuerda sus pavitas, entona un canto, una especie de zumbido molesto y persistente. Entonces no es posible levantar ninguna piedra que se encuentra cerca del fogón. Paula cree que le van a cogerle sus pavitas y mata al imprudente. Y los campesinos que los saben, quedan quietos en sus sitios sin atreverse a encender sus pipa con los tizones del fogón cuando sienten la proximación de la Pavita.

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LA PAVITA DE TIERRA – SERGIO GONZALEZ RUIZ

—Sabe que toavía se oye, a vece, aunque ya aquí en er pueblo no creen en esaj cosa. Y también se oyen, de tiempo en tiempo, er chivato y er chivito, manque usté no lo crea —respondió mano Juan. Este era un viejo amigo, de La Miel, que había bajado de la montaña para los días santos, y a quien no había visto hacia mucho tiempo. Cuando yo era niño había estado allá en su rancho solitario en la cumbre de una loma que llamaban El Coro, y por las noches, antes de dormir, me «echaba» cuentos de tigres, de brujas, de aparecidos y de espíritus malos.
¿Y cómo es la Pavita de Tierra, mano Juan? seguí interrogando.
¿La ha visto alguno? ¿Qué es lo que hace?
—Vea, joven, yo sé que Ud. no cree ya en estaj cosaj; pero vengo a dicile que no hay que creel ni dejal de creel. —Hizo una pausa. Después prosiguió:
— A la Pavita de Tierra no la ha visto naide viviente; pero sí se oye en ocasione, como le he dicho. En las noche largo que sale como de abajo de la tierra y después otro y otro, cada uno más largo que el anteriol… Mire, vea cómo se me espeluca el cuerpo, namá de acordarme de cómo jace. Imagínese usté un sirbido largo y agudo en medio del silencio de una noche escura, que no se ven ni las mano, y que parece que viene de las entrañas mismas de la tierra… Da mieo, le digo.
—Bueno, mano Juan, pero ¿por qué no la ha visto nadie? Yo he oído decir que en otros tiempos bastaba levantar una de las tres piedras del fogón, cuando se oía la pavita, para verla. ¿No es así?
—Asina era, señol, pero yo jallo que usted está equivocao en una cosa y es que no era cualquiera er que se atrevía a levantá la piedra der fogón pa vejla. Eran raroj y contaoj loj que se atrevían a jacé la prueba, porque un señol de Bajo Corral que la vido, se murió diunavé y otro de Colón, que dicen que también la vido, se vorvió loco y se quedó chiflando ni la Pavita de Tierra hasta er día que se murió. ¿La Pavita de Tierra? ¡Jum! Ese es un espíritu malo, le digo; y anuncea la muerte también cuando hay enfermo grave. Eso sí lo tengo yo bien visto y probao, que cuando hay un cristiano enfermo y se oye la pavita de tierra, es seguro que se pone más malo y más malo, hasta que se muere. No lo sarva naide.
Yo, aunque respetuoso siempre de las creencias de los demás, no pude reprimir una sonrisa burlona al oír estas cosas. El viejo se picó y enseguida reaccionó como suelen hacerlo los viejos campesinos de mi tierra, con agilidad mental y con energía.
—Bueno —dijo mano Juan— yo sé que en er pueblo ya no salen ni la pavita, ni er chivato, ni er berrión, ni la tepesa, pero es que en er pueblo, según me han dicho, la gente se ha vuerto er mismo demonio y con los demonios no hay espíritu malo que varga. Y se rió a carcajadas, mano Juan, cuando vió que yo aceptaba que él tenía razón y de buena gana me reía también de su ocurrencia.

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